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5/3/2009 Paula Paula ya no llora por las noches. Se ha hecho mayor, pero si sigue escuchando música, casi como una obsesión. Se despierta con un solo de batería de John Bonham y se duerme al susurro de Aerosmith con su Dream on. Son las ocho de la mañana y Paula se tambalea al bajar del tren, hace tanta calor cerca de las vías que ha perdido el pensamiento por unos instantes. Hoy el mundo ha partido sin ella. Humeantes trenes de vapor zarpan por la orilla del andén. Se mira las manos y cuando consigue verlas con nitidez avanza unos pasos. -Otra vez no, no hay ni una mañana en que las escaleras mecánicas funcionen-. Arrastrando sus minúsculas piernas sortea maletas estacionadas en doble fila, botas militares y alguna que otra rata. Ahí está el gran vestíbulo, sólo puede sentir la pesada aguja del reloj marcando el ritmo de una ciudad frenética. Cuela su mano en uno de los bolsillos del bolso, sus intentos por pescar algo parecido a un billete no dejan de ser eso, intentos. El envoltorio de un caramelo de menta, un lápiz de ojos, medio bocadillo de fecha desconocida, un bolígrafo, un galimatías de apuntes, la tuerca de un pendiente y arena de la playa, nada más esconde el bolso de Paula, que después de inspeccionar la zona se coloca detrás de 1,90 de huesos y piel lánguida con pinta de pasar del mundo casi tanto como ella. -Giro a la derecha y todo recto- se repetía Paula, que tenía grabado el camino hacía el metro con fuego en las cuencas de sus ojos. Se apresura, en las puertas del metro nunca hay mucha gente y ella, aunque le repatee, necesita a alguna personilla para cruzar el umbral. La puerta le golpea en un hombro, le ha ido de poco, pero ya esta dentro. Cada pitido de cierre de puertas le recuerda que quedan menos paradas para su destino, cada día se cruza con un centenar de personas distintas, y en cambio, siempre le parecen iguales. Chicas rubias y morenas de pelo largo, bolso de dimensiones gigantescas colgado de un brazo y carpeta en la mano, grupos de niños jugando a ser mayores y expuestos a los peligros del siglo XXI, una mujer madurita con la ropa de su hija de quince años aguanta el tipo sujeta a una baranda, mientras que aquellas que ya han pasado los setenta clavan su mirada asesina sobre ti, ansiosas por acomodar sus posaderas. Continuará... Comments (1)
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